El mes de setiembre nos convoca a celebrar tres dimensiones fundamentales de nuestra vida eclesial: la centralidad de la Palabra de Dios, el valor inviolable de la Familia y la fuerza transformadora de la Juventud. En un contexto social fragmentado por la polarización, la inseguridad ciudadana y múltiples formas de violencia visible e invisible, la …
El mes de setiembre nos convoca a celebrar tres dimensiones fundamentales de nuestra vida eclesial: la centralidad de la Palabra de Dios, el valor inviolable de la Familia y la fuerza transformadora de la Juventud. En un contexto social fragmentado por la polarización, la inseguridad ciudadana y múltiples formas de violencia visible e invisible, la Iglesia de Lima hace suyo el llamado profético del Papa León XIV para cultivar una «paz desarmada y desarmante».
Esta paz no es una tregua superficial, tampoco la mera ausencia de conflictos ni el fruto del miedo o del equilibrio de fuerzas; es la donación viva del Señor Resucitado que vence el resentimiento y desmantela la lógica de la venganza. Prepararnos como ciudad y como Arquidiócesis para la llegada del Santo Padre, exige un camino de conversión personal, comunitaria y social que comience por desarmar nuestras palabras, juicios y actitudes en la mesa familiar, en la calle, en el barrio, en el aula de clases y en la vida y trabajo parroquial.
Recuerda que: una comunidad eclesial que acoge la paz desarmada y desarmante de Cristo no se encierra en la comodidad; se transforma en un faro de esperanza para la ciudad, escucha la Palabra, cuida a las familias, empodera a los jóvenes y sale al encuentro de las periferias para anunciar que el amor de Dios es siempre más fuerte que la violencia.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).






